La Asunción de la Virgen María (15 de agosto 2021)

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44, 10. 11-12. 16; Corintios 15, 20-27a; Lucas 1, 39-56.

La solemnidad de la Asunción de María celebra la muerte y resurrección de la Santísima Virgen, es decir, los misterios del final de su vida y su resurrección por la gracia de Dios que la asocia como compañera inseparable de su Hijo eterno en la vida eterna.

En la primera lectura el símbolo del cielo, apocalíptico desde luego, es el de la nueva comunidad, la Iglesia liberada y redimida por Dios que engendra hijos a los que les espera una vida nueva más allá de la historia. También María es “hija” de esa Iglesia liberada y salvada que vive como nosotros, siente con nosotros y es resucitada como nosotros, aunque sea madre de nuestro Salvador. Y por eso es también “madre” nuestra.

Por su parte san Pablo nos recuerda que en Cristo es en quien Dios ha manifestado de verdad lo que nos espera a sus hijos. Él es el nuevo Adán, en él se resuelve el drama de la humanidad; por eso es desde aquí desde donde debe arrancar la verdadera teología de la Asunción, es decir, de la resurrección de María. Porque la Asunción no es otra cosa que la resurrección, que tiene en la de Cristo su eficiencia y su modelo; lo mismo que sucederá con nosotros.

Y san Lucas nos narra hoy el canto del Magnificat, cuyos temas, pues, podrían exponerse así: (1) la gozosa exaltación, gratitud y alabanza de María por su bendición personal; (2) el carácter y la misericordiosa disposición de Dios hacia todos los que le aceptan; (3) su soberanía y su amor especial por los humildes en el mundo de los hombres y mujeres; y (4) su especial misericordia para con Israel, que no ha de entenderse de un Israel nacionalista.

Este canto liberador (no precisamente libertario) es para mostrar que, si se cuenta con Dios en la vida, todo es posible. Dios es la fuerza de los que no son nada, de los que no tienen nada, de los que no pertenecen a los poderosos. Es un canto de “mujer” y como tal, fuerte, penetrante, acertado, espiritual y teológico. Es un canto para saber que la muerte no tiene las últimas cartas en la mano. Es un canto a Dios, y eso se nota. No se trata de una plegaria egocéntrica de María, sino una expansión femenina y de maternidad de la que pueden aprender hombres y mujeres. Es, desde luego, un canto de libertad e incluso un programa para el mismo Jesús.

Se canta la gratitud de Dios para el pueblo mesiánico, que Dios tiene siempre por el siervo fiel y misericordioso en el que está representada la figura de María que canta loores al Altísimo y así cumple la alianza hecha a Abraham y su descendencia. Siendo el Magnificat un canto personal de María es sobremanera un cántico de todo el pueblo elegido dignamente representado en María. Ella es la incomparable portavoz del pueblo y su figura más excelsa, pues en ella están realizados todos los ideales propuestos a su pueblo y cumplidos todos los anhelos del pueblo.

En el nuevo orden de cosas instaurado en María se promete castigo a los soberbios de corazón, potentados injustos, ricos avaros, mientras se promete misericordia divina a los humildes, los pobres, los hambrientos.

En fin, con esta solemnidad a la Madre del Salvador, se trata de recordar el misterio pascual de Cristo y afirmar cómo se vivió de una manera singular y excelente en su santísima Madre. Después de la Pascua del Señor celebramos la pascua de su santísima madre. Y, eso sí, lo hacemos llenos de esperanza en que también nosotros alcanzaremos nuestra pascua personal. En la fiesta de hoy anhelamos nuestra pascua por la gracia de Dios. Lo que para nosotros es espera, para la Virgen es realidad gozosa por estar asociada a la muerte y resurrección de su Hijo.

La fe, esperanza y caridad de todo el pueblo de Dios y de todas las épocas está concentrado en el testimonio de María como discípula y madre. Como cristianos nos acogemos bajo su amparo e intercesión.

¡Bendiciones!

Se alegra mi espíritu en Dios”.

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