Reflexión Domingo I de Adviento

“OJALÁ RASGARAS EL CIELO Y BAJARAS”

Isaías 63,16-17.19;64,2-7; Salmo 79; 1 Corintios 1,3-9; Marcos 13, 33-37

Estamos iniciando junto a toda la Iglesia el nuevo año litúrgico, este camino que la Iglesia nos invita a recorrer para contemplar el misterio de Cristo; y lo iniciamos con el tiempo del Adviento que busca disponer nuestros corazones para la celebración de la Navidad que se acerca, pero también despertar en el cristiano una actitud de vigilancia constante, pues el mismo Señor que vino  en nuestra carne en Belén hace dos mil años, es el mismo que está viniendo en cada hombre y en cada acontecimiento y que volverá glorioso al final de la historia.

Justamente en este sentido giran las lecturas que hemos escuchado: San Pablo, en la segunda lectura, nos dice que nosotros los cristianos esperamos la manifestación del Señor y que un día debemos presentarnos irreprensibles ante Él. 

Adviento es precisamente el tiempo en el que nosotros nos ejercitamos de modo especial en el sentido de esta espera; pues mientras vemos que se acerca la noche Santa de la Navidad, miramos también con esperanza al día de esa manifestación definitiva del Señor; y es por eso que en el Evangelio que hemos escuchado, el Señor nos insiste en la necesidad de estar en vela, de vigilar, de estar preparados para ese día.

Fijémonos en un detalle: hemos leído la conclusión del capítulo 13 de San Marcos, el capítulo que el Evangelista dedica al discurso escatológico de Jesús, es decir a discurso sobre el fin de los tiempos.

Este discurso comienza cuando el Señor anuncia la destrucción del templo de Jerusalén, y algunos de sus discípulos le preguntan: ¿cuándo será esto Señor?

Para nosotros como seres humanos sería muy fácil y cómodo conocer el día de la venida del Señor; esto nos permitiría prepararnos para acogerlo en nuestras vidas.

Pero la respuesta del Señor a sus discípulos va mucho más allá: “velen porque no saben ni el día ni la hora”. Se trata de una invitación que nos hace el Señor a vivir en una preparación constante, a vivir y asumir con tal responsabilidad nuestra vida y nuestra relación con el Señor, que siempre podamos estar preparados, tanto si llega en la mañana, al medio día o en la noche.

Por eso la parábola que el Señor cuenta en el Evangelio tienen que servirnos para comprender cuál debe ser nuestra actitud: el dueño de la casa se va pero antes ha repartido las tareas a sus empleados; lo menos que espera es que en el momento que llegue, sin importar la hora del día, esas tareas se estén cumpliendo eficientemente.

Así debe ser nuestra vida cristiana; recordemos que también antes del Señor ascender al cielo, sus discípulos le preguntaron por el momento en que habría de restaurar la suerte de las tribus de Israel, pero Él les respondió: “no os toca saber los tiempos y los plazos que ha fijado el Padre; pero recibiréis la fuerza del Espíritu y seréis mis testigos en todo Jerusalén, Samaría y hasta el confín de la tierra”.

Esa es la tarea que tenemos todos nosotros como cristianos, ese es el encargo que nos ha hecho el dueño de la casa y que espera que cuando regrese nosotros lo estemos cumpliendo: ser sus testigos, anunciar su nombre y construir su Reino entre nosotros.

A eso nos quiere invitar este tiempo de adviento que estamos iniciando, a que nosotros despertemos del letargo y del sueño en el que a veces vivimos, es decir, a que salgamos de la pereza y tomemos con responsabilidad nuestra vida cristiana, y así podamos estar vigilantes, que quiere decir: que estemos comprometidos con el trabajo que como cristianos tenemos en el mundo, que estemos comprometidos con la vocación que el Señor nos ha entregado a cada uno de nosotros.

Así cada uno tendría que revisar su vida: aquellos a los que el Señor les ha encomendado como tarea el ser padres de familia, aquellos a los que el Señor la ha encomendado una profesión para ayudar a sus hermanos; todos tendríamos que preguntarnos ¿estoy preparado para recibir al Señor cuando venga?

Fijémonos en lo que pasó en Belén de Judea hace dos mil años, cuando el Señor vino a nosotros: los únicos que pudieron recibir la noticia de su llegada fueron unos humildes pastores, que el Evangelio nos dice: estaban en vela, es decir, cumpliendo su oficio; los demás, los ricos y poderosos, y muchos otros estaban dormidos y ocupados en sus cosas y por eso fueron incapaces de reconocer al Señor.

Por eso nosotros tenemos que vivir en una actitud de completa vigilancia; tenemos que estar trabajando para que cuando vuelva el Señor, podamos salir a recibirlo y a gozar de su presencia entre nosotros.

En la primera lectura, tomada del profeta Isaías, hemos escuchado una frase que debe convertirse en nuestra oración de estos días de adviento: Ojalá rasgaras el cielo y bajaras; que es lo mismo que diremos en pocos días cuando cantemos con gozo: Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto¡

Pero para que esta oración pueda ser verdadera primero tendríamos que preguntarnos: ¿estoy preparado para cuando venga el Señor?

Este tiempo de adviento debe servirnos a todos para revisar nuestra vida, de modo que cuando llegue el Señor nos encuentre despiertos, y así podamos gozar de su presencia entre nosotros.

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