Reflexión Domingo XXXIV Tiempo Ordinario, Cristo Rey del Universo

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XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

“DIOS SERÁ TODO EN TODOS”

Ezequiel  34, 11-12. 15-17; Salmo 22; 1 Corintios 15, 20-26. 28; Mateo 25, 31-46

Estamos celebrando el último domingo de este año litúrgico; un domingo que desde los tiempos del Papa Pío XI, por el año de 1925 se instituyó como la fiesta de Cristo Rey. Y es muy significativo que esta sea la fiesta con la que concluye el año litúrgico, pues nos recuerda aquello que nos dice el libro del Apocalipsis refiriéndose a Cristo: “Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin”. Es Cristo Rey, que es el centro y el corazón de toda la historia, y en quien todo ha llegado a su culmen y plenitud.

Así habría que entender aquella bellísima expresión de San Pablo: “Este es el plan que Dios Padre habría proyectado desde antiguo: hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza: las del cielo y las de la tierra” o como leemos hoy en la primera carta a los corintios “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies”.

Se trata pues de reconocer que sólo en Cristo la historia adquiere sentido, sólo con Cristo como rey del universo el hombre tiene esperanzas, pues sabe que “cuando todo le esté sometido, entonces Dios será todo en todos”.

Por eso escuchábamos hoy al profeta Ezequiel, que canta un himno a Dios como pastor se su pueblo, y que en la imagen del Buen Pastor, que “Busca las ovejas pérdidas, recoge a las descarriadas; venda a las heridas; cura a las enfermas: a las gordas y fuertes las guarda y las apacienta como es debido”, nos presenta toda la meta de la historia: el reinado definitivo de Dios, donde ya no exista el mal, ni el llanto, ni el dolor, donde nadie esté triste y nadie tenga que llorar, donde podamos pastar por praderas verdes y tranquilas y podamos sentarnos a comer como hermanos del banquete del Reino que nos ha preparado por el Señor, nuestro Pastor, como escuchábamos en el salmo responsorial.

Pero que para que Cristo reine, y para que Dios pueda ser “todo en todos”, nosotros los cristianos debemos comenzar a construir el Reinado de Dios de Dios entre nosotros; eso es lo que nos han recordado esos Evangelios de los últimos domingos, en que hemos leído las parábolas del capítulo 25 de San mateo, en el marco del discurso escatológico de Jesús, y que nos han invitado a estar en vela y con la lámpara de la fe encendida; debemos hacer que nuestra esperanza se multiplique y nuestros talentos produzcan frutos.

Y hoy, hemos leído la última de esas parábolas, que presenta quizá con mayor radicalidad que ninguna de las otras, el papel que deben cumplir los cristianos mientras vuelve el Señor. 

La imagen de Cristo que viene en el esplendor de su gloria a juzgar a vivos y muertos, y que es una verdad de nuestra fe que profesamos en el credo, nos muestra que el compromiso que tenemos de trabajar para establecer el reino del amor, de la solidaridad y de la fraternidad entre nosotros, es una urgencia, es un imperativo del discípulo de Jesús.

Pero no se trata de un juicio despiadado, o de un juicio moralista o legalista; se trata de un juicio en el amor; porque como nos recuerda la bellísima frase de Juan de la Cruz “al atardecer de nuestra vida seremos examinados en el amor”; y por eso las palabras de la sentencia que pronuncia el Señor: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y viniste a verme” no son una ley  o un mero código moral, sino que son todo un estilo de vida que debe distinguir a los que son cristianos, discípulos del Señor.

Ya lo decía el Señor en el Evangelio: “esta es la señal por la que reconocerán que sois mis discípulos si os amáis unos a otros”; y efectivamente, vemos que cuando la comunidad primitiva crecía en el amor, se convirtió en un verdadero testimonio que era capaz de convertir a las muchedumbres, que asombradas por lo que veían, sólo atinaban a decir: “mirad cómo se aman”.

Para que Cristo reine, los cristianos debemos desgastar nuestra vida en el amor; debemos transformar las situaciones de violencia, de muerte, de odio, de discordia que vive el mundo con el amor.

En la primera lectura, Dios se proponía sacar a sus ovejas “de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones”; y de esa tarea debemos ser partícipes todos nosotros, que somos llamados a iluminar el mundo con la claridad que sólo puede venir del amor, que es el único capaz de producir paz, alegría, esperanza.

Celebrando hoy a nuestro Señor Jesucristo como rey del universo, nosotros tendríamos que revisar muy sinceramente nuestra vida de discípulos del Señor y pensar si en realidad con nuestras palabras y con nuestras acciones estamos siendo verdaderamente constructores del Reinado de Dios, o si por el contrario estorbamos a la obra de Dios y hacemos tropezar a los hermanos por nuestro anti-testimonio que en lugar de construir la civilización del amor lo que hacemos es sembrar una cultura de muerte.

Hoy cada uno tendría que pensar que su hogar debe ser una casa y escuela donde se viva el amor; que nuestros barrios, nuestros lugares de trabajo, que todos los lugares donde nos desenvolvemos cotidianamente necesitan del amor del Señor y que nosotros somos los encargados de hacer que muchos conozcan la grandeza y profundidad, la altura y anchura de ese amor misericordioso de Dios.

Se acerca ya el adviento, dentro de ocho días cuando estemos iniciando el nuevo año litúrgico, vamos a escuchar con insistencia ese grito de “que llega el esposo, salid a recibirlo”;  por eso nosotros tenemos que pensar que el trabajo del Reino de Dios no da espera, y que sólo empeñando nuestras vidas y nuestras fuerzas en construir una civilización nueva, de amor, de paz, de fraternidad y de solidaridad, podremos escuchar del Señor esas palabras del Evangelio: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”.

Que Cristo pueda reinar en nosotros, y que por el testimonio de nuestro amor, su reinado se vaya extendiendo todos los días, hasta que Dios pueda ser “todo en todos”.

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