Reflexión I Domingo de Cuaresma

Hay un elemento que en los relatos bíblicos aparece con bastante frecuencia: junto al diluvio (castigo) aparece el arcoíris (alianza), junto al momento de la caída viene la oportunidad de levantarse, junto al pecado viene la oferta de salvación, que junto a la tentación llega el anuncio de la Buena Noticia. El Evangelio está lleno de experiencias que comunican el misterio del bien y de la misericordia a Dios.

En este tiempo de Cuaresma esa impresionante fuerza transformadora de la gracia de Dios ocupará un puesto relevante, la llamamos conversión. Un don del mismo Espíritu de Dios que nos ayuda a volver nuestro corazón hacia Aquel que es el camino, la verdad y la vida.

Considero que muchas veces hemos aprovechado el relato sobre las tentaciones de Jesús en el desierto para hablar de la fragilidad del ser humano y hacer un llamado a la resistencia frente a la influencia del mal. Pero qué tal si cambiamos un poco el enfoque y nos centramos en la naturalidad con que el Marcos platea ese episodio.

Jesús viene de su bautismo en el Jordán y luego es “empujado” por el Espíritu al desierto, al contexto vital donde Dios forjó a su pueblo para que recibiera su alianza y entre en la tierra prometida. Es una imagen de la vida: llena de contradicciones, pruebas, limitaciones, pero también de purificación, de escucha atenta, una oportunidad para dimensionar las fuerzas, de hacer experiencia de la gratuidad y del cuidado constante del Creador. Es una imagen natural de la vida de Jesús, del pueblo, de nosotros mismos, es la Cuaresma.

Este tiempo no viene a ser una interrupción en las responsabilidades cotidianas, tampoco está diseñado para agregarle peso a las situaciones difíciles o a quitarle alegría a las que nos resulta agradables. La Cuaresma es un tiempo para recuperar la “esperanza que nos hace sentirnos hijos amados del Padre” (Papa Francisco). De ahí es de donde viene Jesús, no de un lugar físico, sino del reconocimiento de su condición filial, para luego adentrase en el desierto de la vida que tiene como propósito fortalecer su misión de cara al Padre y a la humanidad.

Al lado del necesario reconocimiento de nuestra fragilidad está el indispensable ajuste de los sentidos para mirar el proyecto del Espíritu, su palabra en nuestra vida y en la vida de la comunidad (familia, parroquia, amistades). Nuestras prácticas cuaresmales tienen su origen en este episodio, pero es importante recordar que estas buenas costumbres en sí mismas no tienen sentido, lo adquieren en la medida que nos muevan o inspiren como creyentes al seguimiento del Señor en un sincero compromiso con quienes comparten su vida con nosotros.

Acá se juega la autenticidad y naturalidad de nuestra fe: en la oportunidad de cambiar el mal por bien, la fragilidad y la tentación por el anuncio de la Buena Noticia, la indiferencia por compromiso, la muerte por la vida.

¡Que el Señor nos guíe por sus senderos de amor y fidelidad!

Pero. Carlos Mena- Costa Rica

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *