Reflexión Inmaculada Concepción de María

 “Hágase en mí según tu Palabra”

Génesis 3,9-15.20; Salmo 97; Romanos 14,4-9; Lucas 1, 26-38

En el camino de nuestro adviento, en el que unidos a toda la Iglesia nos estamos preparando para celebrar el misterio del nacimiento del Señor, la Iglesia nos invita a contemplar hoy la figura de la Santísima Virgen María, a quien honramos hoy con el título de Inmaculada, reconociendo que en ella Dios obró maravillas inefables al ser concebida sin mancha de pecado.

El prefacio de la misa que escucharemos más adelante al presentar las ofrendas en el altar nos recordará que la concepción inmaculada de María fue la manera cómo Dios quiso mantenerla a ella en la plenitud de la gracia para que fuera digna madre de su Hijo.

Pero celebrar esta fiesta tiene para nosotros un sentido muy especial: se trata del llamado que Dios nos hace a todos nosotros para que trabajemos en nuestra vida por construir la santidad, como camino hacia la salvación, que es el proyecto más grande y la vocación a la que todos estamos llamados.

El apóstol San Pablo en la carta a los Romanos que hemos escuchado en la segunda lectura, nos ha recordado que Dios ha enviado a su Hijo al mundo para salvarnos, tanto al pueblo de Israel a quien fue llevando por la mano de los profetas animándolos en la espera de su salvación, como a todo el mundo, pues en Cristo el amor de Dios se ha mostrado como un amor sin fronteras.

Con ello se nos revela que en el plan de la salvación de Dios todos hemos sido llamados a esa felicidad que brota del amor de Dios y de acoger la gracia de Dios en nuestra vida.

Esa es justamente la grandeza de la Virgen María, no sólo que ella haya sido preservada de la mancha del pecado original sino que siempre en su vida estuvo acogiendo la gracia de Dios y haciendo realidad su proyecto de amor en la vida.

En el Evangelio que hemos escuchado hemos podido descubrir que la grandeza de la Virgen María está justamente en el hecho de que se dispone a recibir la obra de Dios y deja que Él obre su salvación en ella.

Su respuesta a la iniciativa divina: “Hágase en mí según tu palabra”, es el modelo de toda respuesta del cristiano que se abre a la acción de Dios y se deja transformar por Él.

Sin embargo, nosotros en nuestra vida descubrimos muchas veces aquella terrible realidad que ya nos decía San Pablo: “hacemos el mal que no queremos y dejamos de hacer el bien que queremos”; y por eso muchas veces experimentamos con dolor que el pecado habita en nosotros y que nos separa de la voluntad de Dios.

Por eso celebrar este día a la Virgen Inmaculada debe ser para nosotros una motivación y un llamado que nos hace el Señor a emprender una lucha radical contra el pecado que nos esclaviza; como nos dice la carta a los Hebreos: despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.

Mirando a la Virgen María, estrella de nuestro adviento, pidámosle a ella que nos ayude a vivir en nosotros una apertura y disponibilidad del corazón ara acoger en nuestra vida a su Hijo Jesús; que todos los días por nuestras actitudes de humildad, de servicio, de fidelidad podamos como ella hacer realidad en nosotros la voluntad del Señor y así cuando el Señor llegue encuentre en nosotros un corazón dispuesto, como el que tuvo ella, y de esa manera podamos recibir el don de su amor y de su gracia en nosotros.

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