Reflexión V domingo de Cuaresma

A las puertas de la Semana Mayor, la liturgia de este domingo, quinto de nuestro camino cuaresmal, quiere introducirnos espiritualmente en este tiempo fuerte que se acerca, invitándonos a descubrir todo el sentido que encierra.

Durante los tres primeros domingos de cuaresma, en la primera lectura, estuvimos escuchando las sucesivas alianzas de Dios con los hombres: la alianza con Noé, con Abraham y con Moisés y el pueblo de Israel en el Sinaí. Todas ellas nos invitaban a pensar en que Dios sale al encuentro del hombre para revelarle su proyecto salvador, y eran entonces la invitación a responder desde la fe a esa experiencia de amor de Dios. 

Sin embargo, la primera lectura del pasado domingo, nos puso frente a una realidad dolorosa y contradictoria: la de nuestro pecado, como ingratitud hacia el Dios que ha sido sólo amor y misericordia. Veíamos entonces cómo muchas veces los hombres hemos quebrantado la alianza de Dios, abandonándonos en nuestros caprichos y pecados.

Pero como bien lo dice San Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, y Dios, en lugar de abandonarnos a nuestra suerte, mostró todo el poder de su amor y de su compasión, invitando a los hombres a hacer una alianza nueva, como escuchábamos hoy en la primera lectura, tomada de la profecía de Jeremías.

Este profeta enfrenta a la catástrofe del exilio que debe vivir en carne propia; pero allí donde otros sólo ven sombras y oscuridad, Él, guiado por el Señor, alcanza a ver una luz de esperanza en el horizonte, y ve cómo Dios renovará todas las cosas, haciendo una alianza nueva, basada en el amor: “Pondré mi ley en sus mentes y la grabaré en sus corazones”.

Pues bien, esta promesa del Señor se cumple en la persona de Jesús; Él que es el Dios hecho hombre, ha venido al mundo para manifestar la gloria de Dios, que no es ya la gloria terrible de truenos, rayos, nubes y sonido de trompetas como lo fue en el Sinaí; tampoco es la gloria del poder imperial y político, sino la gloria del rey pacífico, que entrega su vida por amor, y que como Cordero de Dios, derrama su sangre para sellar con ella una alianza nueva y eterna.

Es hacia esta contemplación del misterio pascual como misterio de salvación y redención, hacia donde quiere llevarnos el Evangelio que hemos escuchado, y que San Juan nos presenta en un marco muy particular.

Jesús acaba de entrar a Jerusalén para celebrar la Pascua; también han llegado allí unos griegos que habían ido a adorar a Dios, y que manifiestan su deseo de ver, de encontrarse con el Señor.

No sabemos exactamente la motivación que estos hombres tenían para buscar a Jesús, tal vez habían visto su entrada a Jerusalén rodeada del calor de las multitudes y se habrían preguntado quién sería ese hombre al que aclamaban como rey. Pero esa curiosidad los había llevado a tratar de conocerlo más de cerca.

Lo curioso es que en el Evangelio, parece como si Jesús no respondiera ni atendiera a su petición, sino que San Juan aprovecha la presencia de estos hombres para introducir una presentación del misterio Pascual de Cristo.

Jesús, a lo largo de su vida ha manifestado de muchas maneras la gloria de Dios; el Evangelio de San Juan de hecho nos narra siete signos, que en su lógica particular son un desvelar la gloria del Padre por medio de acciones milagrosas que revelan toda la omnipotencia de su amor para con los hombres. Pero ahora, Jesús dice que ha llegado la hora en la que el Hijo del hombre será glorificado, es decir, de que se revele de modo auténtico la Gloria de Dios. La hora para la que Jesús ha venido al mundo se acerca, llega el momento en el que Él será levantado sobre la tierra, para elevado sobre la cruz atraer a todos hacia Dios.

Comprendemos entonces que Jesús no desatendió al deseo de los griegos de verlo, sino que por el contrario, lo que hizo fue revelarles que ellos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios y contemplar su gloria, se iban a encontrar con la mayor muestra de la gloria del amor de Dios en el misterio de la cruz, en donde brolla mejor la lógica de Dios, que Jesús compara con el grano de trigo, que si cae en tierra y muere da fruto, pero si no muere queda infecundo.

Jesús nos invita a poner nuestra mirada en la cruz, en su cruz. Jesús nos invita a poner nuestra mirada en el Calvario y a descubrir allí toda la fuerza del amor de Dios que no abandona al pecador a su suerte, sino que al contrario, sale compadecido de Él a ofrecerle su amor. Sus brazos extendidos en la cruz trazan el signo indeleble de la alianza nueva y eterna: la alianza del amor, en la que Dios tiene sus brazos para levantar en un abrazo al hombre caído y devolverlo a su dignidad.

Contemplemos este misterio de amor; enseguida, en unos momentos sobre este altar viviremos sacramentalmente este sacrificio de amor, y entonces se levantará el Cuerpo y la Sangre del Señor para que nosotros lo contemplemos y descubramos todo su amor, toda su compasión. Pidámosle que nos ayude a vivir un proceso serio de conversión en nuestra vida, que al acercarse la celebración de su Pascua nosotros podamos renovarnos interiormente, para poder celebrar también nuestra Pascua, el paso del pecado a la gracia, de la muerte a la vida, y así podamos contemplar su gloria y acoger el derroche de su amor y de su misericordia en nuestra vida.

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