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VII Domingo de Pascua (29 de mayo 2022) – Ciclo C

Mientras los bendecía, se separó de ellos”.

Hechos de los Apóstoles 1, 1-11; Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9; Efesios 1, 17-23; San Lucas 24, 46-53

Los textos de este día, pues, están determinados por esta fiesta del Señor: la Ascención. Es Lucas, tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el único autor que habla de este misterio en todo el Nuevo Testamento.

El misterio de la Ascensión del Señor, al mismo tiempo que proclama y corrobora la fe en el Resucitado, apunta y atrae la mirada creyente hacia lo alto, hacia la meta final a la que todos aspiramos. Hoy es, pues, un día gozoso en el peregrinaje de la fe, alentados por el ejemplo de nuestro hermano mayor, Cristo Jesús, entronizado en la gloria de Dios. Él es quien anticipa y plasma nuestros anhelos más íntimos, pues es el mismo que bajó del cielo asumiendo las limitaciones de nuestra condición humana.

Lucas, pues, en la primera lectura usa el misterio de las Ascensión para llamar la atención sobre la necesidad de que los discípulos entren en acción. Y deben entrar, porque son enviados por el Resucitado. Ya ha pasado el tiempo de la prueba. Ya han podido experimentar que el Maestro está vivo, aunque haya sido crucificado. Su mensaje del Reino no puede quedar en el olvido. Hasta ahora todo lo ha hecho Jesús y Dios con él; pero ha llegado el momento de una ruptura necesaria para la Iglesia en que tiene que salir de sí misma, de la pasividad gloriosa de la Pascua, para afrontar la tarea de la evangelización.

Por su parte, en la 2ª lectura, el apóstol Pablo se sumerge también en ese clima contemplativo de la supremacía del Cristo glorioso elevando su súplica ardiente al Señor para que conceda a sus fieles un espíritu de sabiduría y de revelación, de modo que puedan así conocerlo plenamente y gozar de la esperanza a la que han sido llamados, de la herencia gloriosa que les está reservada.

Con el evangelio, Lucas muestra que Jesús fue resucitado por Dios, pero también Jesús resucitado quiere hacerse presente desde esa nueva vida en su comunidad. La “Ascensión” era el momento adecuado para “dejar” a la comunidad resucitada ya, y en manos del Espíritu que debe llevarla hasta el final.

Por eso, el Señor ascendido devuelve al hombre la mirada benevolente de Dios que se cernía sobre la humanidad al inicio de la creación. Nos recuerda de este modo dónde reside la auténtica ciudadanía de los hijos de Dios. Nos abre a la perspectiva trascendente de la vida. Nos invita a mirar la realidad desde la visión panorámica y omnipresente de Aquel que ve todo desde lo alto. Nos estimula a levantar el vuelo de nuestras aspiraciones personales en pos de objetivos verdaderamente nobles y plenamente satisfactorios.

En fin, doble perspectiva de la Ascención vistas en el evangelio y los Hechos, le sirve al evangelista para establecer el punto de enlace y conexión entre el Jesús ascendido y la Iglesia, animada por el Espíritu, que asume ahora su misión. Los cuarenta días simbólicos dedicados a la instrucción de los apóstoles es una forma de expresar que la iglesia apostólica quedaba perfectamente equipada y preparada para su tarea evangelizadora: cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra.

Esta es la fiesta que ensancha el corazón creyente para que, colmado de esperanza y alegría, lo abra generosamente al horizonte misional de la próxima fiesta de Pentecostés. Los ángeles despertaron a los discípulos galileos de su sueño, absortos en lo que contemplaban sus ojos, para instarles a testificar lo contemplado, para impulsarlos en la exigente tarea de la misión eclesial desde la mirada de Dios.

Bendecido domingo de la Ascención del Señor.

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