XIII Domingo del Tiempo Ordinario (26 de junio 2021)

Talitha qumi

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24; Sal. 29, 2 y 4. 5-6. 11-12a y 13b; Corintios 8, 7. 9. 13-15; Marcos 5, 21-43.

El libro de la Sabiduría nos ofrece hoy una de la reflexiones más hermosas sobre la vida y la muerte.

¿De qué muerte habla aquí el autor del libro? Indiscutiblemente de las dosmuertes de nuestra existencia. El considera muerte, también, la vida sin sentido, la que viven los impíos; mientras que la vida vivida con sabiduría es la vida que Dios otorga. Saber morir, pues, es lo mismo que saber vivir según la reflexión del autor de este extraordinario escrito. Pero sigue siendo absolutamente irrenunciable que Dios nos ha creado para la vida y no para la muerte, porque «es un Dios de vivos».

En la segunda lectura Pablo habla de generosidad, porque nuestro Señor se ha mostrado muy generoso con nosotros; lo ha dado todo, absolutamente todo, por nosotros ¿no debemos hacer lo mismo los unos con los otros? Por ahí se debe empezar, desde luego, como ámbito de la justicia más elemental. Sabemos que la caridad cristiana puede llegar a más y exigirse más, pero comenzar por lo mínimo es, también, un signo de comunión en la justicia.

El evangelio de Marcos nos presenta hoy todo un proceso pedagógico de cómo debemos afrontar la vida y la muerte desde la fe. Son dos relatos en uno. Tanto Jesús, como el evangelista, quieren poner un correctivo a esa forma de acercarse a Jesús, de creer en él, como si fuera un simple curandero, y de enfrentarse a la muerte. Si la enfermedad no se ataja nos morimos… pero curar las enfermedades no soluciona el drama de la vida.

La mujer que le ha tocado el vestido a Jesús tiene que enfrentarse con él, en un tu a tu, para que la fe se llene de contenido. Probablemente su obsesión por tocar a Jesús le ha llevado al convencimiento de que está curada. Pero Jesús no trata a los hombres desde la parasicología, sino como personas que deben aceptar desde la fe a un Dios de vida. Jesús no quiere, pues, que se le considere solamente un taumaturgo al que se puede tocar como se tocaban las estatuas de los dioses (y eso que en la religión judía no se podía representar a Dios).

Es desde aquí que se entiende que Jesús, con sus famosas palabras en arameo (Talitha kum) hace que le niña se levante, porque no se puede quedar en una cuestión de magia, sino que es un signo de cómo ve Jesús la muerte: un sueño, un paso, una hermana de la vida.

Por tanto, estamos llamados a vivir. Creados a imagen y semejanza de Dios, estamos destinados a la vida eterna. Dios nos quiere junto a si. Esta es la divina voluntad que choca constantemente con la condición ineludible de habernos creado libres. Dios pone todo de su parte, hasta su propio Hijo, para que alcancemos el amor y la felicidad en plenitud. Son nuestras decisiones las que nos apartan o nos unen a Dios.

Pero para que haya libre decisión tienen que existir distintas opciones. Una de ellas no viene de Dios y, aparentemente, ofrece salud cuando, en verdad, genera enfermedad y muerte.

Todos hemos experimentado, a uno u otro nivel, las consecuencias de nuestras decisiones, pero ¡he aquí el Evangelio!: nadie está perdido, aún enfermo o muerto en vida, si confía en el Señor y,“levantándose”, comparte su gozo con los hermanos.

Dios te bendiga junto a los tuyos.

Etiquetas:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *