XIV Domingo del Tiempo Ordinario (4 de julio de 2021)

“No desprecian a un profeta más que en su tierra”.

Ezequiel 2, 2-5; Sal. 122, 1-2a. 2bcd. 3-4; Corintios 12, 7-10; Marcos 6, 1-6

Las lecturas de la misa de hoy nos proponen como modelo de conducta el «profetismo» representado por el profeta Ezequiel en la primera lectura del Antiguo Testamento y de modo eminente y definitivo por Jesús, en el evangelio de Marcos. Al usar el proverbio de que «no desprecian a un profeta nada más que en su casa», Jesús se presenta claramente como profeta.

En los principios del profetismo bíblico, era el mediador entre Dios y el rey de Israel, por la sencilla razón de que este y su corte eran los dueños absolutos de su pueblo y los que marcaban el modo de ser y de actuar de la gente. Ahora bien, los profetas y las profetisas no hablaban por su cuenta, sino que transmitían el mensaje de Dios, veían la realidad de lo que sucedía a su alrededor con «los ojos de Dios».

Los profetas son personas amenazadas porque abordan las cuestiones más fundamentales de la sociedad, de la política, de la economía, del culto y de la religión con los ojos críticos de Dios, y esta actitud les acarrea la animadversión de los poderosos y de mucha otra gente. Jesús, el intermediario por excelencia entre Dios y los seres humanos, no fue bien recibido en Nazaret ni por su familia ni por sus paisanos.

La gente esperaba un Mesías que los librara de los romanos y no uno que dijera que Dios se identificaba con el huérfano, con la viuda, con el hambriento, con el extranjero, con el enfermo o con el que estaba en la cárcel (Mt 25, 36 y ss.). La posibilidad de entender lo que dice Jesús solo se da cuando uno está dispuesto a hacerse discípulo de Jesús y a seguirle, a tener fe, como dice el evangelio de hoy.

El ámbito más importante en el que Dios comunica su mensaje al profeta es el discurrir de la vida real: el mercado, por ejemplo, donde se vende al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias, o donde la pobre gente debe comprar a un precio descomunal hasta el salvado del trigo. El profeta se centra en cómo los ricos explotan y atropellan a los pobres, despojándolos incluso de lo necesario, mientras acumulan tesoros y crímenes en sus palacios (Am 3,9-11). Dios, por medio de sus profetas, denuncia a los tribunales que hacen caso omiso del derecho y convierten la justicia en un castigo para los humildes.

Por su parte el relato del evangelio de hoy tiene un objetivo claro: preparar a los discípulos para que no sientan la tentación de abandono cuando la gente los rechace y hasta los persiga. Por tanto, Marcos ha construido el relato teniendo presente dos intenciones: señalar la postura negativa de los parientes ante Jesús y enseñar a los discípulos que no deben dejarse desanimar cuando sean rechazados por predicar el evangelio del reinado de Dios.

Esta última parte es lo que refleja la segunda lectura de hoy. Que es probablemente una de las confesiones más humanas del gran Pablo de Tarso. Forma parte de lo que se conoce como la carta de las lágrimas (según lo que podemos inferir de 2Cor 2,1-4;7,8-12). Es una descripción retórica, pero real.

En este sentido, ¿qué pedimos y encomendamos a los profetas cristianos católicos de hoy?

– Que nos ayuden con sus críticas a quitar el velo que cubre nuestros ojos y nos impide ver que el pobre, el hambriento, el desnudo, el enfermo, el marginado son el rostro de Jesús (Mt 25, 35).

–  Que nos enseñen a ver con los «ojos de Dios» la realidad de la guerra encubierta de los ricos contra los pobres en una sociedad aparentemente estable y en paz; a descubrir la ofensa a Dios y al prójimo en lo que todos consideran como simple actividad comercial; a percibir a todos los hombres como hermanos y a ver la ofensa a cualquiera de ellos como algo que atañe personalmente a Dios (Is 58,7).

– Que enciendan y aviven el fuego de nuestras conciencias sobre las inhumanidades que produce nuestra sociedad de la producción y del consumo: riqueza desmesurada de unos a costa de la pobreza, del paro, de la emigración, de la marginación de otros. El profeta no debe dejar en paz a los poderosos y ricos.

– Que presten su voz a los pobres y marginados, a los que no tienen acceso a cátedras, a medios de comunicación, a consejos empresariales, a comités centrales de partidos o de sindicatos, a jerarquías religiosas, a mesas nacionales, a parlamentos o a órganos de gobierno.

–  Que cuenten con la ayuda y el apoyo de todos nosotros para hacer frente a los disgustos, al miedo, a la depresión, a las calumnias, a las agresiones e incluso a la muerte a que puede llevarles su misión.

– Que nos anuncien que son posibles los horizontes de una nueva humanidad, en la que «habitarán el lobo con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabrito, y comerán juntos el becerro y el león…No habrá ya más daño ni destrucción…porque estará llena la tierra del conocimiento de Yahvé, como llenan las aguas el mar» (Is 11, 69). De este modo darán esperanza a los corazones sin aliento, destrozados, sin fuerza para caminar por el desierto y el destino adverso.

En definitiva, viendo la narrativa de esta liturgia de la palabra dominical, podemos precisar que las iglesias de Jesús de hoy necesitan profetas y profetisas, quizás más que ningún otro carisma.Hacerse con los «ojos de Dios» requiere una relación profunda con Dios y una valentía a veces heroica para enfrentarse y desenmascarar a los corruptos, a los explotadores, a los que oprimen al emigrante, al pobre y al desvalido. Quien tenga la valentía de ser profeta o profetisa recibirá la confianza, la generosidad y la aceptación de algunas personas, pero otras muchas lo rechazarán, lo perseguirán, lo despreciarán y lo culparán. Si las iglesias de hoy no sienten estas amenazas, sino que viven muy tranquilas en un mundo de grandes injusticias, es que los profetas y las profetisas han desaparecido de estas iglesias que se llaman de Jesús.

Dios te bendiga junto a los tuyos en el nombre del Padre, y del hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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