XIX Domingo del Tiempo Ordinario (8 de agosto 2021)

«Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Reyes 19, 4-8; Sal. 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9; Efesios 4, 30–5, 2; san Juan 6, 41-51

La primera lectura nos narra una de las escenas más maravillosas y excepcionales del profeta Elías, el prototipo del profetismo del Antiguo Testamento, donde Dios viene en ayuda del profeta, porque la lucha es “a muerte”. H defender una causa justa en nombre de Dios, no es apologética o fundamentalismo, o no debe serlo al menos, sino que es humanizar la religión.

La segunda lectura prosigue con la exhortación a la vida nueva que lleva consigo el sello del Espíritu que deben poseer los cristianos. Lo que el autor pide, como consecuencia de esta identidad cristiana en el Espíritu, es determinante para conocer lo que hay que hacer como cristianos; es lo que se llama la praxis: evitar la agresividad, el rencor, la ira, la indignación, las injurias, y toda esa serie de maldades o miserias.

La alternativa es ser imitadores de Dios, es decir, bondadosos, compasivos y perdonadores. No es un imposible lo que se propone en el sentido de que Él sea nuestra vara de medir, sino tener los mismos sentimientos que Dios, como Padre, tiene con todos nosotros; así los debemos tener los unos con los otros. Nos recuerda algunos aspectos del Cristo joánico: como el Padre me ha amado, así les amo yo.

La realidad de los otros, sus sufrimientos y dolores, está en la proclamación de su Palabra. De nuevo volvemos al valor de la amistad. No entendemos este valor como exclusividad, sino como capacidad de diálogo y de encuentro con los otros. El diálogo en común exige ciertos niveles de profundidad que sólo aquellos que saben lo que es el valor de la amistad pueden entender. Hemos de considerar, inevitablemente, el lugar que los otros ocupan en nuestros pensamientos y en nuestros afectos. Si la exhortación de la Palabra nos exige paciencia, tendremos que procurar escucharnos más entre nosotros. Aquellos rostros humanos que te preocupan y ocupan tu persona te ayudarán a ver lo que estás haciendo con tu vida.

El evangelio de hoy nos introduce en un segundo momento del discurso del pan de vida. La presencia personal de Jesús en la eucaristía, pues, es la forma de ir a Jesús, de vivir con El y de El, y que nos resucite en el último día. El pan de vida nos alimenta, pues, de la vida que Jesús tiene ahora, que es una vida donde ya no cabe la muerte. Y aunque se use una terminología que nos parece inadecuada, como la carne, la «carne» representa toda la historia de Jesús, una historia de amor entregada por nosotros. Y es en esa historia donde Dios se ha mostrado al hombre y les ha entregado todo lo que tiene. Por eso Jesús es el pan de vida.

En definitiva la eucaristía, es presencia de la vida nueva que Jesús tiene como resucitado, es un adelanto sacramental en la vida eterna. Por tanto, tendremos que pasar por la muerte biológica, pero, desde la fe, consideramos que esta muerte es el paso a la vida eterna. Y en la eucaristía se puede “gustar” este misterio.

Que la eucaristía sea nuestra fuerza y camino hacia la vida eterna en plenitud. Amén.

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